miércoles, 27 de mayo de 2026

Honestidad y odio

Me voy a permitir momentáneamente referirme a mí mismo con cierto orgullo, me considero una persona bastante honesta en mi ámbito personal y con muy poco odio, pero no quiero que se me suba a la cabeza, soy consciente de que tengo otros defectos, algunos que ni siquiera reconozco o incluso que no sé que tengo, pero debo confesar una cosa, estoy usando ambos términos con una definición algo interesada, es posible que otros que me conozcan discrepen, o me puedan señalar momentos de mi vida en los que no he cumplido estos estándares que acabo de adjudicarme.

Antes de que se me escape el tema voy a aclarar cómo uso ambos términos, que afirme que soy honesto no quiere decir que nunca mienta, ni siquiera que si me pillaran en una mentira lo vaya a admitir siempre, no, me refiero a que soy honesto cuando interactúo con otras personas. Nunca oculto mi forma de ser, ni tampoco finjo tener ideas diferentes para encajar en el grupo de turno, aunque lo que creo que es la clave de este rasgo es que al escuchar a una persona con ideas diferentes intento entender por qué tiene esas ideas, sin dejar que mis sesgos o prejuicios se interpongan, y más de una vez me ha ayudado a matizar mis posturas, o a tratar ciertos asuntos con más cuidado, en resumen, ampliar mis horizontes. La verdad no creo que esto sea una cualidad extraordinaria, aunque hoy en día creo que escasea, constantemente veo discusiones en redes, o en tertulias en las que deliberadamente al menos uno de los interlocutores parece que interpreta las palabras del otro de la peor manera posible para poder dibujarlo como un ser despreciable. Y en el proceso ignoran por completo el principio de cooperación comunicativa del lenguaje, según el cual los interlocutores deberían intentar entenderse mutuamente para dar lugar a una especie de intento de quedar por encima del otro, confiando en que los propios seguidores estén jugando al mismo juego y se sumen a la descalificación del adversario, o del enemigo, porque viendo la agresividad de algunos la verdad es que parecen que están inmersos en una guerra perpetua contra algún enemigo mucho más terrible que el escuálido delgaducho que está tras la pantalla escribiendo sus ideas con más o menos acierto, y aquí es donde entre el segundo elemento de lo que no ocupa: el odio.

Creo que estoy empezando a alargar esto, pero creo que he hilado ambos temas lo bastante bien como para seguir con el asunto (aunque igual me lo acabo de cargar). Cuando hablamos de odio entendemos que nos referimos a una aversión hacia algo o alguien hasta el punto de desearle el mal sin necesidad de obtener nada a cambio, también asociamos un componente de irracionalidad al odio, ya sea en su origen o en su materialización; si es que hay gente dispuesta hasta sacrificarse con tal de perjudicar a una persona a la que odien. Ilustraré esto con una anécdota, hace años, cuando trabajaba en el casino (sí, he trabajado en un casino, fue interesante) tuve un pequeño conflicto con un compañero, no recuerdo muy bien el motivo, pero ante mi deliberada pasividad acabó amenazándome con conseguir que nos echaran del trabajo a ambos fingiendo que yo le había golpeado, para lo cual se golpearía a sí mismo y luego (o antes, no le prestaba demasiada atención) me golpearía a mí, absurdamente estúpido e irracional, yo creo que se dio cuenta porque nunca llegó a materializar tales amenazas. 

Yo diría que ese es el mayor freno al odio, pararse a pensar en lo absurdo de odiar, porque creo que nadie quiere odiar, o por lo menos, admitir que odia. Pero por desgracia somos seres imperfectos y ante nuestras irracionalidades tendemos a autoengañarnos, o justificarnos, es decir, que nos repetimos hasta convencernos que no odiamos, sino que nuestra aversión hacia tal o cual persona, colectivo o lo que sea no es odio, sino una justa indignación en base a ofensas recibidas, heredadas o interpretadas. Lo trágico es que aprovechando esa falla del ser humano llevan siglos surgiendo lo que llamaremos mesías del odio (creo que Jesucristo no estaría de acuerdo con mi uso de esta palabra, pero tampoco creo que le gustaran esos personajes), personas carismáticas que ponen palabras a la indignación y, lo más peligroso, rostros y nombres hacia los que dirigir el odio, y para evitar la culpabilidad nos ofrecen excusas y racionalizaciones muy bien argumentadas que alivien nuestras dudas, no sea que nuestro fervor flaquee y decidamos no auparlos hacia su verdadero objetivo: el poder.

Y creo que lo voy a dejar por ahora, porque no pretendo llegar a ninguna conclusión, y menos mal, a saber cuánto espacio me llevaría eso. Lo que sí dejaré es una reflexión final, de mano del referente habitual, “Solo hay una forma de saber si un hombre es honesto: preguntárselo. Si responde sí, ya sabemos que es un corrupto”.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

El profe me tiene manía

Casi todos hemos escuchado esta frase en alguna ocasión, incluso la podemos haber utilizado, ya sea para despotricar contra algún profesor q...