Una frase dura, especialmente si la dice un profesor de secundaria,
porque sí, esa es mi profesión, aunque si algunos padres de mis
alumnos leyeran esto podrían darse por aludidos, indignarse por la
falta de profesionalidad que asumirían que tengo y tratar de que me
quitaran las posibilidades de seguir ejerciendo. Para evitar
cualquier problema diré que, en el caso de que el lector sea padre
de alguno de mis alumnos o directamente uno de dichos alumnos, lo más
seguro es que me esté refiriendo a otro alumno, de otra clase, de
otro curso, de otro centro, o de otro país. Vale, esto último desde
luego no excluye demasiado hoy en día, pero la verdad es que he
perdido la cuenta de cuántas nacionalidades diferentes he tenido en
mis aulas, algo que da mucho juego a un apasionado de la etimología
y las variedades lingüísticas como yo, aunque también ha dado
lugar a algunos malentendidos graciosos en retrospectiva, como
decirle a una alumna argentina que “se coja la silla que prefiera”,
la verdad es que a veces debería pararme un momento antes de hablar,
pero vivo acelerado.
En fin, que me
desvío del tema (como en mis clases); alumnos e idiotas, de eso
tenía alguna idea en mente, pero que nadie se lo tome como un
insulto, cuando digo idiotas me refiero estrictamente al uso original
de la palabra, a saber:
idiota, del griego idiotes,
que
incluye el vocablo idios,
que significa personal,
y
hacía referencia, no a la falta de inteligencia de una persona, sino
a
una actitud de desinterés hacia cualquier cosa que no fuera uno
mismo.
Sí, he buscado la referencia para citarla con más exactitud que la
proporcionada por mi memoria, aunque
la etimología suele divagar un poco entre teorías y especulaciones.
Pero lo
que nos ocupa es esta interpretación en particular, así que si
alguien conoce otro origen de esta palabra que se lo guarde.
¿Y
eso cómo encaja con los alumnos? Es tan fácil como triste, y se
basa en la siguiente premisa: las personas somos tan inútiles como
nos lo podemos permitir, y por desgracia muchos adolescentes se lo
pueden permitir demasiado. Aunque más bien debería decir que “se
lo permiten”, porque ellos no tienen del todo la culpa, a ver, ¿qué
culpa pueden tener si ni siquiera saben qué hacer con su vida? En
cierto sentido son tan básicos como animales ¿Les das comida? Comen
¿Quieren algo? Lo cogen ¿Algo les llama la atención? Lo muerden
(los animales). Y si nadie les limita a tiempo seguirán comiendo y
mordiendo todo lo que encuentren hasta que se les caigan los dientes,
o la vida les pare en seco con alguna de esas hostias metafóricas, o
a veces literales, pero no religiosas que aparecen cuanto menos se lo
espera uno. Paradójicamente son los padres los que, queriendo que
sus hijos sufran lo menos posible les protegen de cualquier elemento
dañino cuando son pequeños y no les ponen esos límites que sí
saben ponérselos a una mascota, ingenuos que creen que están
haciendo lo mejor para sus retoños, y así crecen sus hijos,
egoístas centrados únicamente en sí mismos que piensan que nada
les debe incomodar, que el esfuerzo es innecesario para alcanzar sus
metas, en resumen: idiotas.
Creo
que me he vuelto a desviar un poco del asunto, pero es lo que hay,
algún día volveré a hablar de estos temas. Cerrando como a mí me
gusta, parafrasearé libremente una línea de Groucho en la película
que fue su canto del cisne (aunque le convencieran para que volviera
a rodar una vez más, como a los deportistas de élite), Noche en
Casablanca: Señores padres, si estos son sus hijos, quien
debería avergonzarse son ustedes.
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