domingo, 5 de julio de 2026

El profe me tiene manía

Casi todos hemos escuchado esta frase en alguna ocasión, incluso la podemos haber utilizado, ya sea para despotricar contra algún profesor que nos haya suspendido o para intentar justificar alguna mala nota, que en el fondo sabíamos que era culpa nuestra. Con suerte, según pasa el tiempo nos damos cuenta de que los profesores no nos tenían manía, sino que éramos nosotros los que les tocábamos tanto las pelotas que a veces acababan hasta las narices de alguno y le caía la bronca del siglo, de hecho recuerdo una ocasión muy concreta en la que creo que el profesor se ensañó en exceso con uno de mis compañeros, claro que ese compañero era un gilipollas (incluso me enteré años después de que fue él quién me robó el libro de filosofía la semana del examen) y se estaba ganando a pulso la bronca.

Por otro lado, ahora el que es profesor soy yo, y por fin puedo ver lo que antes solo podía suponer. Resulta que los profesores son humanos comunes, algo ingenuos (a veces pensamos que podemos enseñar, imaginado si somos ingenuos), pero que en esencia tienen defectos y virtudes como cualquier otro, y sí, los alumnos nos pueden caer mejor o peor, pero eso suele tener una relación directa con lo que nos complican las clases, y a colación de esto tengo una pequeña anécdota personal, yo en principio catalogo a los alumnos en función de dos elementos: cómo me caen como alumnos y cómo me caen como personas; pero esa forma de catalogar solo funciona al principio del curso, según pasan los meses el segundo elemento se acaba contaminando con el primero, y alumnos que podrían no caerme bien como personas pero son buenos alumnos (notas aparte, aquí solo influye el comportamiento y el esfuerzo), me van cayendo cada vez mejor, y los que me caían bien como personas pero me causan problemas en clase, cada vez los aguanto menos. Esto puede acabar dando diferencias de trato en los casos más exagerados, y sí, sé que esto suena a una confesión de favoritismos y manías, pero no me importa, la profesionalidad a la hora de corregir va por encima y, por bien que me caiga un alumno, si no le da la nota como mucho me puedo llegar a apenar por tener que suspenderlo, y al revés, daría igual que odiara a un alumno (algo que no creo que ocurra nunca), si merece un 10, se lleva el 10.

Pero todo esto no era más que una excusa para introducir el tema que me preocupa, porque seamos sinceros, todo este rollo de “el profe me tiene manía” es una chiquillada. Lo grave viene cuando adultos supuestamente maduros trasladan este pensamiento a ámbitos de su vida profesional, concretamente estoy pensando en los escándalos judiciales que ocupan las portadas (digitales) de todos los periódicos, mientras los acusados y afines claman que los jueces los odian, al tiempo que los insultan y los intentan desprestigiar vía tácticas sucias. Cuando veo esto me surge un pensamiento, “Como sigan con tanto ataque al final sí que acabarán odiándolos”, y creo que ese es su plan, lo que espero que no me convierta en un conspiranoico. Ya mencioné en otra ocasión que una estrategia de “debate” actual es poner nervioso al adversario mediante manipulaciones malintencionadas para que acabe respondiendo airadamente y así reafirmar la acusación inicial porque “mira qué me ha dicho”, confiando en que los del bando propio ignorarán convenientemente todas tus provocaciones anteriores. Porque funciona, poner nervioso al adversario es una estrategia clásica, una persona nerviosa comete errores, se precipita, se deja llevar por sus emociones, y puede incluso quedar en mala posición, especialmente si no entiende por qué está siendo atacada. En resumen, una táctica perversa que solo llevaría a cabo una gente que se considera por encima de la misma razón, y que solo seguirían rebaños de personas que han renunciado al razonamiento lógico.

Y, como colofón voy a parafrasear libremente otra frase de mi actor de cabecera, en este caso se la dedico a todos los que piensan o pensaron alguna vez que el profe les tenía manía: Ese profesor estaba ahí antes de que llegarais vosotros y estará ahí cuando os vayáis (o en otro sitio, pero dando clase). Espero que el mensaje esté claro, pero por si acaso: no sois importantes, no es malo, incluso alguno podría llegar a serlo en el futuro, pero si cada vez que algo os sale mal le echáis la culpa a supuestas manías como mucho escalaréis puestos en política.

viernes, 26 de junio de 2026

El síndrome del tertuliano

Alguien que sabía bien lo que decía dijo en una ocasión que es mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definitivamente, y la verdad es que hoy en día tenemos la primera plana de la comunicación lleno de gente que despeja tan bien que más de un entrenador los quisiera de defensas, también imagino que cuando los señores Dunning y Kruger desarrollaron su teoría no existían las tertulias políticas, o no eran populares, porque en ese caso lo podrían haber llamado “síndrome del tertuliano” o incluso ponerle el nombre de alguna persona en particular que no se llama Ana, ni es muy lista que digamos.

Por si aquí ha llegado algún despistado que no sepa a qué me refiero voy a definir brevemente a qué me refiero, el conocido como efecto o síndrome Dunning-Kruger es una teoría según la cual una persona ignorante no tiene capacidades suficientes para ser consciente de su propia ignorancia, por lo que suelen hablar con la soberbia del que lo conoce todo, pero con menos conocimientos de los que tiene un caracol sobre literatura universal. Pero parece que funciona, al menos desde cierto punto de vista, les vuelven a llamar y además les dan un estatus elevado, como si supieran realmente de qué hablan, cuando algunos ni siquiera se expresan de manera adecuada al discurso que pretenden dar, pero suplen sus abundantes carencias con gritos, descalificaciones y resoplidos para turbar el temple del interlocutor (o víctima) de turno, y ahí radica la peligrosidad de estas prácticas, cualquier espectador desprevenido puede caer en la trampa que les ponen en estos programas que es dar carta de autoridad a los discursos totalmente falaces que convienen a la narrativa que les interesa y acabar reproduciendo los mismos discursos, enturbiando cualquier posible concordia entre partes, porque aunque yo creo que en ciertos grupos ideológicos esta práctica es más común que en otros a los que me siento más afín, no creo que sea patrimonio exclusivo de ninguna ideología, solo de los elementos más radicales y estúpidos de las mismas.

Imagino que yo ahora mismo podría estar quedando como una persona muy presuntuosa que cree estar por encima de la masa, pero nada más lejos de mi intención, no soy ajeno al placer que se puede sentir cuando en un programa le sueltan un par de improperios faltones a otra persona que no me cae bien, aunque los improperios en cuestión estén fuera de lugar, mal articulados o sean directamente falaces. Ante estas faltas de coherencia y criterio me defiendo (o justifico) usando como escudo el hastío que sufro con estas situaciones, porque debo confesar que estoy bastante cansado de ver cómo una parte intenta razonar mientras navega en un mar de gritos, que curiosamente los presentadores del programa tienen poco interés en cortar, al menos hasta que el que intentaba razonar pierde los nervios y da una respuesta fuera de tono (lerda, cocos, anormal,…; creo que reconocemos los ejemplos), momento en el que me río mientras el presentador intenta sin éxito cortar la escalada de insultos. Y aquí lo cierro en esta ocasión, espero no estar dejando demasiadas cosas al aire, pero me vino a la cabeza esta idea hace unas semanas y no terminaba de ponerme a desarrollarla.

¿Cómo? ¿Que no hay cita final? Bueno, hay que variar de vez en cuando, así que en esta ocasión la he encajado en el principio, así que nada de quejas, que os he contado y sois dos lectores como mucho. Tampoco tengo pensado proponer nada que se parezca a una acción que pretenda mejorar o cambiar esta situación, cosa que espero que quede bien clara escribiendo esta oración tan larga y enrevesada, porque ni tengo poder para aplicar nada fuera de mi círculo más cercano, ni las ganas de romperme la cabeza contra este muro en particular.


lunes, 15 de junio de 2026

Sí, vamos a hablar de lo que tú quieras

El otro día mientras me intentaba entretener viendo Twitter (ahora X) volví a ver una chorrada que me mosqueó un poco, a ver, el mosqueo me duró aproximadamente 2 minutos, pero la idea empezó a rondar mi cabeza y no se quería ir, espero que escribir sobre el tema me ayude a librarme de ese zumbido.

Pero primero vamos a comentar un poco la chorrada en cuestión y por qué me molestó, un lector sagaz habrá notado que el verbo empleado al referir el evento ha sido “volví”, es decir, que no es la primera vez que encontraba esa clase de publicación, por no decir que he perdido la cuenta de las veces que he visto algo similar, incluso en persona, no solo en redes. La publicación no era sino un comentario sobre un anuncio de una especie de conferencia sobre grandes autores de fantasía, y en dicho comentario se criticaba que los únicos autores mencionados eran hombres, tampoco eran tantos, Tolkien, Martin y Sanderson, que, al margen de cuál sea tu preferido, coincidiremos todos en que son de los más grandes autores de fantasía de la historia. Podría haberle retado a la persona a que mencionara autoras de fantasía de gran repercusión, porque si bien son menos, son un número considerable, por ejemplo Margaret Weis (Dragonlace), JK Rowling (Harry Potter), Laura Gallego (Idhum), pero no habría servido de nada, para empezar porque esa clase de gente suele hacerse monográficos de autoras (ahora hasta pueden preguntarle a cualquier IA para salir del paso), y por otro lado, incluso si hubiera pillado a la persona en su hipocresía no habría tenido ninguna repercusión, recordemos el famoso caso de “cinco ciudades de Venezuela”, Pablo Iglesias sigue siendo tan vehemente como antes de quedar en ridículo (igual está acostumbrado, quién sabe).

Y ahora el motivo por el que me molestó, y es que es una tendencia bastante recurrente interpelarle a gente a la que ni sigues ni conoces que dediquen tiempo, esfuerzo y dinero a cosas que te importan a ti, sin tener ni puta idea del contexto, de si a ellos les importa o si suelen hacerlo, no, lo que importa es colgarse la medalla de que has dicho que tu causa es muy importante y si no hacen lo que dices son malvados. Un pequeño inciso, esto no aplicaría a una persona que siempre comente cierta clase de asuntos, salvo cuando no conviene a la narrativa que le gusta, para ejemplificarlo sin interpelar a nadie en concreto imaginaremos que existe un reconocido influencer que siempre anuncia las victorias en torneos de equipos de fútbol, pero casualmente cuando gana el Numancia (por decir un equipo cualquiera) no lo comenta, no sería raro acusar al influencer de detestar al Numancia o recriminarle que no lo incluya en sus comentarios. Creo que todos entendemos a qué me refiero con la aclaración, así que podemos seguir. En fin, abreviemos, me toca las narices la gente de ese tipo por un motivo muy sencillo: son unos unos moralistas insoportables que no serían capaces de estar a la altura de los estándares que les exigen a los demás mientras buscan la atención y el aplauso de otros moralistas iguales a ellos que a la mínima falla les intentarán aplicar el mismo trato que antes han aplicado juntos sobre algún incauto desprevenido; dije sencilla, no breve, aunque la podemos resumir en una sola palabra: hipócritas. Esto resulta irónico, porque creo que todos somos hipócritas, generalmente sin darnos cuenta de que lo somos, porque resulta que somos muy hábiles a la hora de encontrar excusas, o motivos, para no sonar tan mal, que explican por qué en nuestro caso existe un contexto muy bueno y que claramente no estamos siendo hipócritas, lo que me llevaría a otro tema, pero ya está bien por hoy, dejaremos esa idea para otro momento, no garantizo que sea la siguiente reflexión.

Como colofón podríamos cerrar con una frase que no creo que pueda llegar a decir en mi vida, pero que le dedicaría encantado a la gente a la que me refiero en esta reflexión, y que invito a usar a quien quiera: No diga nada, en esta habitación sobra alguien… y creo que es usted.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Honestidad y odio

Me voy a permitir momentáneamente referirme a mí mismo con cierto orgullo, me considero una persona bastante honesta en mi ámbito personal y con muy poco odio, pero no quiero que se me suba a la cabeza, soy consciente de que tengo otros defectos, algunos que ni siquiera reconozco o incluso que no sé que tengo, pero debo confesar una cosa, estoy usando ambos términos con una definición algo interesada, es posible que otros que me conozcan discrepen, o me puedan señalar momentos de mi vida en los que no he cumplido estos estándares que acabo de adjudicarme.

Antes de que se me escape el tema voy a aclarar cómo uso ambos términos, que afirme que soy honesto no quiere decir que nunca mienta, ni siquiera que si me pillaran en una mentira lo vaya a admitir siempre, no, me refiero a que soy honesto cuando interactúo con otras personas. Nunca oculto mi forma de ser, ni tampoco finjo tener ideas diferentes para encajar en el grupo de turno, aunque lo que creo que es la clave de este rasgo es que al escuchar a una persona con ideas diferentes intento entender por qué tiene esas ideas, sin dejar que mis sesgos o prejuicios se interpongan, y más de una vez me ha ayudado a matizar mis posturas, o a tratar ciertos asuntos con más cuidado, en resumen, ampliar mis horizontes. La verdad no creo que esto sea una cualidad extraordinaria, aunque hoy en día creo que escasea, constantemente veo discusiones en redes, o en tertulias en las que deliberadamente al menos uno de los interlocutores parece que interpreta las palabras del otro de la peor manera posible para poder dibujarlo como un ser despreciable. Y en el proceso ignoran por completo el principio de cooperación comunicativa del lenguaje, según el cual los interlocutores deberían intentar entenderse mutuamente para dar lugar a una especie de intento de quedar por encima del otro, confiando en que los propios seguidores estén jugando al mismo juego y se sumen a la descalificación del adversario, o del enemigo, porque viendo la agresividad de algunos la verdad es que parecen que están inmersos en una guerra perpetua contra algún enemigo mucho más terrible que el escuálido delgaducho que está tras la pantalla escribiendo sus ideas con más o menos acierto, y aquí es donde entre el segundo elemento de lo que no ocupa: el odio.

Creo que estoy empezando a alargar esto, pero creo que he hilado ambos temas lo bastante bien como para seguir con el asunto (aunque igual me lo acabo de cargar). Cuando hablamos de odio entendemos que nos referimos a una aversión hacia algo o alguien hasta el punto de desearle el mal sin necesidad de obtener nada a cambio, también asociamos un componente de irracionalidad al odio, ya sea en su origen o en su materialización; si es que hay gente dispuesta hasta sacrificarse con tal de perjudicar a una persona a la que odien. Ilustraré esto con una anécdota, hace años, cuando trabajaba en el casino (sí, he trabajado en un casino, fue interesante) tuve un pequeño conflicto con un compañero, no recuerdo muy bien el motivo, pero ante mi deliberada pasividad acabó amenazándome con conseguir que nos echaran del trabajo a ambos fingiendo que yo le había golpeado, para lo cual se golpearía a sí mismo y luego (o antes, no le prestaba demasiada atención) me golpearía a mí, absurdamente estúpido e irracional, yo creo que se dio cuenta porque nunca llegó a materializar tales amenazas. 

Yo diría que ese es el mayor freno al odio, pararse a pensar en lo absurdo de odiar, porque creo que nadie quiere odiar, o por lo menos, admitir que odia. Pero por desgracia somos seres imperfectos y ante nuestras irracionalidades tendemos a autoengañarnos, o justificarnos, es decir, que nos repetimos hasta convencernos que no odiamos, sino que nuestra aversión hacia tal o cual persona, colectivo o lo que sea no es odio, sino una justa indignación en base a ofensas recibidas, heredadas o interpretadas. Lo trágico es que aprovechando esa falla del ser humano llevan siglos surgiendo lo que llamaremos mesías del odio (creo que Jesucristo no estaría de acuerdo con mi uso de esta palabra, pero tampoco creo que le gustaran esos personajes), personas carismáticas que ponen palabras a la indignación y, lo más peligroso, rostros y nombres hacia los que dirigir el odio, y para evitar la culpabilidad nos ofrecen excusas y racionalizaciones muy bien argumentadas que alivien nuestras dudas, no sea que nuestro fervor flaquee y decidamos no auparlos hacia su verdadero objetivo: el poder.

Y creo que lo voy a dejar por ahora, porque no pretendo llegar a ninguna conclusión, y menos mal, a saber cuánto espacio me llevaría eso. Lo que sí dejaré es una reflexión final, de mano del referente habitual, “Solo hay una forma de saber si un hombre es honesto: preguntárselo. Si responde sí, ya sabemos que es un corrupto”.



jueves, 14 de mayo de 2026

Mis alumnos son idiotas

Una frase dura, especialmente si la dice un profesor de secundaria, porque sí, esa es mi profesión, aunque si algunos padres de mis alumnos leyeran esto podrían darse por aludidos, indignarse por la falta de profesionalidad que asumirían que tengo y tratar de que me quitaran las posibilidades de seguir ejerciendo. Para evitar cualquier problema diré que, en el caso de que el lector sea padre de alguno de mis alumnos o directamente uno de dichos alumnos, lo más seguro es que me esté refiriendo a otro alumno, de otra clase, de otro curso, de otro centro, o de otro país. Vale, esto último desde luego no excluye demasiado hoy en día, pero la verdad es que he perdido la cuenta de cuántas nacionalidades diferentes he tenido en mis aulas, algo que da mucho juego a un apasionado de la etimología y las variedades lingüísticas como yo, aunque también ha dado lugar a algunos malentendidos graciosos en retrospectiva, como decirle a una alumna argentina que “se coja la silla que prefiera”, la verdad es que a veces debería pararme un momento antes de hablar, pero vivo acelerado.

En fin, que me desvío del tema (como en mis clases); alumnos e idiotas, de eso tenía alguna idea en mente, pero que nadie se lo tome como un insulto, cuando digo idiotas me refiero estrictamente al uso original de la palabra, a saber: idiota, del griego idiotes, que incluye el vocablo idios, que significa personal, y hacía referencia, no a la falta de inteligencia de una persona, sino a una actitud de desinterés hacia cualquier cosa que no fuera uno mismo. Sí, he buscado la referencia para citarla con más exactitud que la proporcionada por mi memoria, aunque la etimología suele divagar un poco entre teorías y especulaciones. Pero lo que nos ocupa es esta interpretación en particular, así que si alguien conoce otro origen de esta palabra que se lo guarde.

¿Y eso cómo encaja con los alumnos? Es tan fácil como triste, y se basa en la siguiente premisa: las personas somos tan inútiles como nos lo podemos permitir, y por desgracia muchos adolescentes se lo pueden permitir demasiado. Aunque más bien debería decir que “se lo permiten”, porque ellos no tienen del todo la culpa, a ver, ¿qué culpa pueden tener si ni siquiera saben qué hacer con su vida? En cierto sentido son tan básicos como animales ¿Les das comida? Comen ¿Quieren algo? Lo cogen ¿Algo les llama la atención? Lo muerden (los animales). Y si nadie les limita a tiempo seguirán comiendo y mordiendo todo lo que encuentren hasta que se les caigan los dientes, o la vida les pare en seco con alguna de esas hostias metafóricas, o a veces literales, pero no religiosas que aparecen cuanto menos se lo espera uno. Paradójicamente son los padres los que, queriendo que sus hijos sufran lo menos posible les protegen de cualquier elemento dañino cuando son pequeños y no les ponen esos límites que sí saben ponérselos a una mascota, ingenuos que creen que están haciendo lo mejor para sus retoños, y así crecen sus hijos, egoístas centrados únicamente en sí mismos que piensan que nada les debe incomodar, que el esfuerzo es innecesario para alcanzar sus metas, en resumen: idiotas.

Creo que me he vuelto a desviar un poco del asunto, pero es lo que hay, algún día volveré a hablar de estos temas. Cerrando como a mí me gusta, parafrasearé libremente una línea de Groucho en la película que fue su canto del cisne (aunque le convencieran para que volviera a rodar una vez más, como a los deportistas de élite), Noche en Casablanca: Señores padres, si estos son sus hijos, quien debería avergonzarse son ustedes.

viernes, 8 de mayo de 2026

¿Juan Soto Ivars? Ese hombre no existe

Este titular parece clickbait, nada más empezar y ya me cuelgo de la fama de un tipo bastante mediático, pero tiene un sentido, la idea de comentar este tema vino por un clip de un podcast en el que se dijo una frase muy parecida, de hecho fueron dos frases. El podcast en cuestión era El sentido de la birra, de Ricardo Moya, y la persona que dijo las frases, Cristina Fallarás, para que nadie piense que las frases no existieron las incluiré a continuación, aunque siendo honesto, es incontables veces más probable que hayas visto los clips a los que me voy a referir a que estés aquí leyendo esto.

Antes de continuar incluiré un poco de contexto, hace unos meses el columnista Juan Soto Ivars publicó un libro (el cual tengo orgullosamente firmado por el autor, pero tristemente no leído todavía) titulado Esto no existe, con el subtítulo Las denuncias falsas en violencia de género, el cual levantó un gran revuelo entre los sectores feministas de la población, no me extenderé, solo quiero hacer notar que el libro ha supuesto un éxito tan notable en la batalla cultural que estoy seguro de que muchas de esas feministas siguen teniendo pesadillas con el título del libro, o como mucho con la portada, porque casi ninguna se habrá molestado en leerlo. Y justo en este momento es donde entra Cristina Fallarás y su entrevista en El sentido de la birra; en cierto momento de la entrevista El entrevistador, Ricardo Moya, le preguntó a su invitada directamente por Juan Soto Ivars, presupongo que para indagar en su opinión acerca de tan polémico asunto, pero sus intenciones se vieron frustradas cuando la mujer, con una mueca algo extraña lo cortó con un “no conozco a ese hombre”, tal declaración sorprendió a Ricardo, que no parecía tener claro cómo continuar. Por fortuna, la misma Fallarás acudió al rescate, por decirlo de alguna forma, siguió hablando sobre cómo no conocía al citado varón, mientras daba a entender que, de hecho, sí lo conocía. Algunos dicen que se estaba contradiciendo, yo discrepo, desde el principio queda claro que Fallarás conoce a Soto Ivars, pero que lo ha “desterrado de su conocimiento”, y de ahí la negación; el desmentido posterior del mismo Soto Ivars, con el dato extra de que no solo se conocieron, sino que antaño se relacionaban de forma cordial, para mí solo fue un momento gracioso.

Pasemos pues a la siguiente frase, porque Ricardo, entrevistador tenaz, no se iba a conformar con pasar de puntillas el tema polémico que tenía en mente, las denuncias falsas. Como su forma de aproximarse sutil anterior se había encontrado con un muro no le quedó más remedio que arremeter al tema de forma directa, así que preguntó “¿Qué opinas de las denuncias falsas?” (igual no estoy citando con un 100% de exactitud, pero en esencia esa fue la pregunta), la respuesta fue directa, concluyente y nada interpretable: “Las denuncias falsas (pausa de efecto) no existen”. No voy a comentar cómo discurrió el resto de la entrevista, aunque sí diré que ciertos comentarios de Fallarás me recordaron a los que imaginaríamos que podría hacer un psicópata justificando actos atroces porque de pequeño sufrió mucho.

En esa combinación de frases vi uno de los mayores problemas que diría que tenemos en la sociedad: la negación de los problemas. Y en parte lo entiendo, cuando aparece un problema fruto de alguna de nuestras ideas o acciones la tentación es negarlo o achacarle la culpa a algo externo, admitir que la hemos cagado es bastante humillante, especialmente si es otro el que ha sufrido las consecuencias y nos está echando una mirada acusadora. Pero negar un problema tiene un resultado que cualquiera que de niño haya tenido una camiseta favorita sabe, una vez el agujero aparece, o lo tapamos de alguna manera o lo único que hará será crecer, y acabaremos viendo con tristeza cómo nuestra madre lo hace trapos para limpiar el baño con lo que antaño era nuestra amada camiseta.

Y en esas estamos. ¿La okupación? No existe ¿La corrupción? No existe ¿Los bulos? No existen ¿La delincuencia? No existe ¿Las denuncias falsas? No existen ¿Las agresiones sexuales?. Al menos no existen en la versión que a cada uno les molesta, que se me perdone si no me he extendido en cada caso a especificar, evidentemente desde la izquierda negarán los bulos propios y señalarán los ajenos y viceversa desde la derecha, cosa que se puede aplicar a cada negación de forma correspondiente. No pretendo ser ecuánime en esto, y creo que desde los sectores de izquierda tienden mucho más a esta negación en lo que les incomoda, pero puede que sean mis sesgos, o que son los que actualmente están en el poder y se aferran como pueden a la silla. Evidentemente cuanto más tienes que perder más ciego te conviene estar ante cualquier elemento que pueda minar tu posición.

En fin, qué sabré yo, estoy alargando esto demasiado y lo único que ahora me viene a la mente son las palabras, levemente parafraseadas, de Groucho Marx en su icónico papel de Rufus T. Firefly en Sopa de Ganso: No creo haberle visto antes, ni estoy seguro de verle ahora, debe ser algo que he comido.

lunes, 27 de abril de 2026

¿Y esto a qué viene?

Algunos dirían que empezar a escribir un blog en 2026 es una idea un poco estúpida, y no sin razones, parece que cada vez leemos menos, la oferta de entretenimiento por otro lado no para de aumentar, encima la IA está en alza, así que sí, parece absurdo que a alguien se le pueda ocurrir algo como abrir un blog, más todavía si tenemos en cuenta que el loco al que se le ha ocurrido tal cosa es un tipo sin apenas presencia en redes.

No, en serio, ¿quién leería las reflexiones sobre temas aleatorios de un cualquiera? Yo desde luego no lo haría, menos mal que no pretendo hacerlo, sino ser el cualquiera que escribe, y si por alguna casualidad has llegado hasta aquí mis más sinceras condolencias, porque o bien tienes muy mala suerte, o tengo la suficiente confianza como para enviarte un enlace.

Y tras esta presentación tan ambigua quedaría decir de qué va todo esto, es decir, qué temas pretendo tratar, cuánta frecuencia van a tener las publicaciones, si esto va a tener alguna clase de continuidad y el objetivo de escribir. Por suerte la respuesta a eso es muy fácil: No tengo ni la más remota idea; según se me ocurran cosas sobre las que quiera reflexionar iré escribiendo, seguramente iré a la zaga de los temas que alguno de los comunicadores de primera línea comenten y me llamen la atención, casi seguro que con un retraso de algunas semanas, en función del tiempo y la inspiración que tenga; la continuidad dependerá también del tiempo que consiga dedicarle, y el objetivo mejor ni me lo planteo, solo sé que no pretendo convencer de nada a nadie ni tengo esperanzas de que cualquier cosa que escriba trascienda.

Así que allá vamos, cualquiera que llegue con buena voluntad será bienvenido, si llega con mala voluntad será ignorado, y al que decida irse se le agradecerá haber venido en primer lugar y se le deseará buen viaje en segundo, por último, y para empezar a marcar aquellas cosas que me gustan cerraré con una frase que, si bien no tiene nada que ver con una presentación como esta, siempre merece la pena ser leída: Fuera del perro, un libro es el mejor amigo del hombre, y dentro del perro está probablemente demasiado oscuro para leer.

El profe me tiene manía

Casi todos hemos escuchado esta frase en alguna ocasión, incluso la podemos haber utilizado, ya sea para despotricar contra algún profesor q...