Por otro lado, ahora el que es profesor soy yo, y por fin puedo ver lo que antes solo podía suponer. Resulta que los profesores son humanos comunes, algo ingenuos (a veces pensamos que podemos enseñar, imaginado si somos ingenuos), pero que en esencia tienen defectos y virtudes como cualquier otro, y sí, los alumnos nos pueden caer mejor o peor, pero eso suele tener una relación directa con lo que nos complican las clases, y a colación de esto tengo una pequeña anécdota personal, yo en principio catalogo a los alumnos en función de dos elementos: cómo me caen como alumnos y cómo me caen como personas; pero esa forma de catalogar solo funciona al principio del curso, según pasan los meses el segundo elemento se acaba contaminando con el primero, y alumnos que podrían no caerme bien como personas pero son buenos alumnos (notas aparte, aquí solo influye el comportamiento y el esfuerzo), me van cayendo cada vez mejor, y los que me caían bien como personas pero me causan problemas en clase, cada vez los aguanto menos. Esto puede acabar dando diferencias de trato en los casos más exagerados, y sí, sé que esto suena a una confesión de favoritismos y manías, pero no me importa, la profesionalidad a la hora de corregir va por encima y, por bien que me caiga un alumno, si no le da la nota como mucho me puedo llegar a apenar por tener que suspenderlo, y al revés, daría igual que odiara a un alumno (algo que no creo que ocurra nunca), si merece un 10, se lleva el 10.
Pero todo esto no era más que una excusa para introducir el tema que me preocupa, porque seamos sinceros, todo este rollo de “el profe me tiene manía” es una chiquillada. Lo grave viene cuando adultos supuestamente maduros trasladan este pensamiento a ámbitos de su vida profesional, concretamente estoy pensando en los escándalos judiciales que ocupan las portadas (digitales) de todos los periódicos, mientras los acusados y afines claman que los jueces los odian, al tiempo que los insultan y los intentan desprestigiar vía tácticas sucias. Cuando veo esto me surge un pensamiento, “Como sigan con tanto ataque al final sí que acabarán odiándolos”, y creo que ese es su plan, lo que espero que no me convierta en un conspiranoico. Ya mencioné en otra ocasión que una estrategia de “debate” actual es poner nervioso al adversario mediante manipulaciones malintencionadas para que acabe respondiendo airadamente y así reafirmar la acusación inicial porque “mira qué me ha dicho”, confiando en que los del bando propio ignorarán convenientemente todas tus provocaciones anteriores. Porque funciona, poner nervioso al adversario es una estrategia clásica, una persona nerviosa comete errores, se precipita, se deja llevar por sus emociones, y puede incluso quedar en mala posición, especialmente si no entiende por qué está siendo atacada. En resumen, una táctica perversa que solo llevaría a cabo una gente que se considera por encima de la misma razón, y que solo seguirían rebaños de personas que han renunciado al razonamiento lógico.
Y, como colofón voy a parafrasear libremente otra frase de mi actor de cabecera, en este caso se la dedico a todos los que piensan o pensaron alguna vez que el profe les tenía manía: Ese profesor estaba ahí antes de que llegarais vosotros y estará ahí cuando os vayáis (o en otro sitio, pero dando clase). Espero que el mensaje esté claro, pero por si acaso: no sois importantes, no es malo, incluso alguno podría llegar a serlo en el futuro, pero si cada vez que algo os sale mal le echáis la culpa a supuestas manías como mucho escalaréis puestos en política.