Alguien que sabía bien lo que decía dijo en una ocasión que es
mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas
definitivamente, y la verdad es que hoy en día tenemos la primera
plana de la comunicación lleno de gente que despeja tan bien que más
de un entrenador los quisiera de defensas, también imagino que
cuando los señores Dunning y Kruger desarrollaron su teoría no
existían las tertulias políticas, o no eran populares, porque en
ese caso lo podrían haber llamado “síndrome del tertuliano” o
incluso ponerle el nombre de alguna persona en particular que no se
llama Ana, ni es muy lista que digamos.
Por
si aquí ha llegado algún despistado que no sepa a qué me refiero
voy a definir brevemente a qué me refiero, el conocido como efecto o
síndrome Dunning-Kruger es una teoría según la cual una persona
ignorante no tiene capacidades suficientes para ser consciente de su
propia ignorancia, por lo que suelen hablar con la soberbia del que
lo conoce todo, pero con menos conocimientos de los que tiene un
caracol sobre literatura universal. Pero parece que funciona, al
menos desde cierto punto de vista, les vuelven a llamar y además les
dan un estatus elevado, como si supieran realmente de qué hablan,
cuando algunos ni siquiera se expresan de manera adecuada al discurso
que pretenden dar, pero suplen sus abundantes carencias con gritos,
descalificaciones y resoplidos para turbar el temple del interlocutor
(o víctima) de turno, y ahí radica la peligrosidad de estas
prácticas, cualquier espectador desprevenido puede caer en la trampa
que les ponen en estos programas que es dar carta de autoridad a los
discursos totalmente falaces que convienen a la narrativa que les
interesa y acabar reproduciendo los mismos discursos, enturbiando
cualquier posible concordia entre partes, porque aunque yo creo que
en ciertos grupos ideológicos esta práctica es más común que en
otros a los que me siento más afín, no creo que sea patrimonio
exclusivo de ninguna ideología, solo de los elementos más radicales
y estúpidos de las mismas.
Imagino
que yo ahora mismo podría estar quedando como una persona muy
presuntuosa que cree estar por encima de la masa, pero nada más
lejos de mi intención, no soy ajeno al placer que se puede sentir
cuando en un programa le sueltan un par de improperios faltones a
otra persona que no me cae bien, aunque los improperios en cuestión
estén fuera de lugar, mal articulados o sean directamente falaces.
Ante estas faltas de coherencia y criterio me defiendo (o justifico)
usando como escudo el hastío que sufro con estas situaciones, porque
debo confesar que estoy bastante cansado de ver cómo una parte
intenta razonar mientras navega en un mar de gritos, que curiosamente
los presentadores del programa tienen poco interés en cortar, al
menos hasta que el que intentaba razonar pierde los nervios y da una
respuesta fuera de tono (lerda, cocos, anormal,…; creo que
reconocemos los ejemplos), momento en el que me río mientras el
presentador intenta sin éxito cortar la escalada de insultos. Y aquí
lo cierro en esta ocasión, espero no estar dejando demasiadas cosas
al aire, pero me vino a la cabeza esta idea hace unas semanas y no
terminaba de ponerme a desarrollarla.
¿Cómo?
¿Que no hay cita final? Bueno, hay que variar de vez en cuando, así
que en esta ocasión la he encajado en el principio, así que nada de
quejas, que os he contado y sois dos lectores como mucho. Tampoco
tengo pensado proponer nada que se parezca a una acción que pretenda
mejorar o cambiar esta situación, cosa que espero que quede bien
clara escribiendo esta oración tan larga y enrevesada, porque ni
tengo poder para aplicar nada fuera de mi círculo más cercano, ni
las ganas de romperme la cabeza contra este muro en particular.
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