viernes, 26 de junio de 2026

El síndrome del tertuliano

Alguien que sabía bien lo que decía dijo en una ocasión que es mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definitivamente, y la verdad es que hoy en día tenemos la primera plana de la comunicación lleno de gente que despeja tan bien que más de un entrenador los quisiera de defensas, también imagino que cuando los señores Dunning y Kruger desarrollaron su teoría no existían las tertulias políticas, o no eran populares, porque en ese caso lo podrían haber llamado “síndrome del tertuliano” o incluso ponerle el nombre de alguna persona en particular que no se llama Ana, ni es muy lista que digamos.

Por si aquí ha llegado algún despistado que no sepa a qué me refiero voy a definir brevemente a qué me refiero, el conocido como efecto o síndrome Dunning-Kruger es una teoría según la cual una persona ignorante no tiene capacidades suficientes para ser consciente de su propia ignorancia, por lo que suelen hablar con la soberbia del que lo conoce todo, pero con menos conocimientos de los que tiene un caracol sobre literatura universal. Pero parece que funciona, al menos desde cierto punto de vista, les vuelven a llamar y además les dan un estatus elevado, como si supieran realmente de qué hablan, cuando algunos ni siquiera se expresan de manera adecuada al discurso que pretenden dar, pero suplen sus abundantes carencias con gritos, descalificaciones y resoplidos para turbar el temple del interlocutor (o víctima) de turno, y ahí radica la peligrosidad de estas prácticas, cualquier espectador desprevenido puede caer en la trampa que les ponen en estos programas que es dar carta de autoridad a los discursos totalmente falaces que convienen a la narrativa que les interesa y acabar reproduciendo los mismos discursos, enturbiando cualquier posible concordia entre partes, porque aunque yo creo que en ciertos grupos ideológicos esta práctica es más común que en otros a los que me siento más afín, no creo que sea patrimonio exclusivo de ninguna ideología, solo de los elementos más radicales y estúpidos de las mismas.

Imagino que yo ahora mismo podría estar quedando como una persona muy presuntuosa que cree estar por encima de la masa, pero nada más lejos de mi intención, no soy ajeno al placer que se puede sentir cuando en un programa le sueltan un par de improperios faltones a otra persona que no me cae bien, aunque los improperios en cuestión estén fuera de lugar, mal articulados o sean directamente falaces. Ante estas faltas de coherencia y criterio me defiendo (o justifico) usando como escudo el hastío que sufro con estas situaciones, porque debo confesar que estoy bastante cansado de ver cómo una parte intenta razonar mientras navega en un mar de gritos, que curiosamente los presentadores del programa tienen poco interés en cortar, al menos hasta que el que intentaba razonar pierde los nervios y da una respuesta fuera de tono (lerda, cocos, anormal,…; creo que reconocemos los ejemplos), momento en el que me río mientras el presentador intenta sin éxito cortar la escalada de insultos. Y aquí lo cierro en esta ocasión, espero no estar dejando demasiadas cosas al aire, pero me vino a la cabeza esta idea hace unas semanas y no terminaba de ponerme a desarrollarla.

¿Cómo? ¿Que no hay cita final? Bueno, hay que variar de vez en cuando, así que en esta ocasión la he encajado en el principio, así que nada de quejas, que os he contado y sois dos lectores como mucho. Tampoco tengo pensado proponer nada que se parezca a una acción que pretenda mejorar o cambiar esta situación, cosa que espero que quede bien clara escribiendo esta oración tan larga y enrevesada, porque ni tengo poder para aplicar nada fuera de mi círculo más cercano, ni las ganas de romperme la cabeza contra este muro en particular.


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